Dulce | Sergio Carrión
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Dulce

Dulce, recuerda la brisa que nos erizaba la piel (aquella brisa fue el cuerpo del otro), recuerda el sol que siempre estuvo alto, nuestras sombras se recortaron contra los árboles, nos acostamos por primera vez bajo sus ramas.
Cuando podamos escapar, no lo pensemos. Corramos por última vez hasta casa, construyamos una habitación donde estemos seguros
dejemos la pereza para los problemas demasiado grandes. No hay una necesidad más abrasadora
que sentir vacío donde antes estaba el poco amor. Parece que el mundo hable un idioma extraño, y en sus palabras solo escuchamos lamento, pero tú y yo ya sobrevivimos. Volveremos a hacerlo. Porque solo necesitamos una cama y un techo, un plato donde comer, y unas manos que nos pidan bailar. Tu aliento, Dulce, no ha sido contaminado por ningún odio, sigue recién nacido con los ojos claros
ante el mundo. Sí recuerda cómo correr hasta que estemos frente a frente. Hay un camino que se está abriendo, quizá no lo veas sin salir a la calle; lo descubrí entre canciones, ayer noche cuando salieron los gatos. Y pensé en ti en las ganas que tengo de usar los brazos
lejos de la desolación.

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